En el mundo del trabajo remoto, especialmente si trabajas desde España para una empresa internacional sin sede en el país, las opciones legales son bastante limitadas. Lo que resulta particularmente frustrante es que, legal y económicamente hablando, es más sencillo trabajar para una empresa de Estados Unidos o Sudáfrica que para una empresa alemana o francesa.
Para entender esto mejor, supongamos que resides en España y quieres hacer un trabajo permanente en remoto para una empresa europea sin presencia en el país. En tal caso, necesitarás recurrir a un «Employee of Record» (EoR). Esto implica utilizar una empresa intermediaria, como Deel o Remote, que tiene sedes en varios países (incluida una en España). A través de esta empresa, el empleado es formalmente contratado, aunque en su día a día trabaje para la empresa extranjera. Aunque esto garantiza que pagues tus impuestos y Seguridad Social en España como cualquier trabajador español, el servicio del EoR tiene un coste adicional que oscila entre 500 y 600 euros, que se suma al coste del empleado.
Por otro lado, si resides en España y deseas trabajar de manera permanente para una empresa fuera de Europa, tienes la opción de hacerlo a través del EoR o mediante el modelo de autónomo/contractor. La diferencia aquí es que, si trabajas para una empresa que está fuera de Europa, no se te considera un falso autónomo, incluso si tienes un solo empleador que genera más del 80% de tus ingresos. Esto permite a las empresas estadounidenses evitar los costes de la Seguridad Social, contratando a residentes en España de forma legal y económica, y además, con salarios que suelen ser más bajos que en su país de origen.
Sin embargo, si la empresa que te contrata es alemana, francesa o incluso española, esto se considera ilegal y un fraude. La situación es absurda: en Europa estamos permitiendo que sea más sencillo y más económico para empresas de fuera de la UE captar nuestro talento, mientras que las empresas europeas deben lidiar con cargas adicionales.
A pesar de estar a favor del mercado global del talento, es necesario crear reglas que garanticen igualdad en la competencia, independientemente de su origen. El problema es evidente: en Europa, seguimos estableciendo barreras para nosotros mismos, mientras que las empresas de otros continentes pueden operar con mayor libertad. Esto afecta directamente nuestra competitividad y el desarrollo del talento en la región.

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